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Eduardo Barba, conocido como el jardinero del Museo del Prado, escribe para Laboratorios Ynsadiet un magnífico artículo que combina botánica y arte. Su pasión por el reino vegetal es tan intensa como su pasión por el arte, lo que le ha llevado a catalogar todas las piezas expuestas del Museo del Prado, que recientemente ha cumplido 200 años, que muestren algún detalle botánico, identificando sus especies.

Traspasar las puertas del Museo del Prado es abrir una ventana al mundo de la naturaleza. A veces vemos las colecciones de nuestro museo por excelencia como algo estanco, impenetrable y distante. Nada más lejos de la realidad: en esas obras de arte podemos encontrar todo aquello que nos atrae en nuestro día a día. Cualquier faceta que atrape nuestra imaginación seguro que estará esperándonos en alguno de los rincones del museo.

En mi caso, además de todo lo inherente al arte, como la belleza, las emociones o el incesante aprendizaje, encuentro un universo vegetal pleno, rico y en continuo crecimiento. Vamos a unir en las siguientes líneas dos cuadros distintos, gracias a las plantas. Por un lado, un paisaje creado en el norte de Europa. Por el otro, un jardín concebido en Italia.

El paisaje en el que nos detenemos es el que nos regala Joachim Patinir en su Descanso en la huida a Egipto, pintado alrededor de 1518 en Amberes.

Descanso en la huida a Egipto de Joachim Patinir
Gordolobo

Si paseamos la mirada por esta obra, veremos, abajo a la izquierda y en primer término, un gordolobo. Esta planta de anatomía muy llamativa puede ser muy alta, hasta alcanzar los dos metros. Presenta una pilosidad que recubre todas sus partes, dándoles un color plateado. En la Antigüedad se sumergían sus tallos florales en sebo, para después utilizarlos como antorchas en funerales y otras ceremonias. Como planta medicinal, se empleaba para curar afecciones respiratorias, un uso vigente a día de hoy.

Celidonia

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A la izquierda del gordolobo, casi saliendo del mismo marco de la pintura, hay una celidonia. Es una planta de la familia de la amapola, pero que en este caso tiene flores de cuatro pétalos de color amarillo intenso y unas hojas muy llamativas. El origen de su nombre científico (Chelidonium) está ligado a un ave, que en griego se llama chelidonion, que significa golondrina pequeña. Y es que es una planta que, se decía, comenzaba a florecer cuando las golondrinas llegaban a Europa y se marchitaba cuando regresaban al continente africano. Su látex amarillento se ha venido aplicando tradicionalmente para quitar verrugas y callos.

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Digital o Dedalera

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A la derecha de la Virgen María, al pie del pequeño estanque, crece la digital o dedalera. Es una flor amada por las abejas; todo en ella está diseñado para complacer a este insecto siempre atareado. Por otra parte, se trata de una planta extremadamente tóxica, con efectos sobre el corazón.

Saúco

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Compartiendo este entorno acuático vemos un arbusto, a veces también un pequeño árbol, como el saúco, de grandes inflorescencias blancas. Es una planta que mezcla en su haber grandes principios mágicos y medicinales desde hace miles de años. Sagrado para los pueblos germánicos y asociado a muchos ritos de fecundidad en el norte de Europa, está también vinculado a su carácter como protector allá donde se plante. Sus flores son diuréticas y depurativas, y se usan asimismo para calmar resfriados y gripes.

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Azulejo o Aciano

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Por detrás del saúco descubrimos un campo de trigo ya seco. Allí Patinir ha dispuesto unas pequeñas manchas de color azul. Es el azulejo o aciano, fiel compañera de los campos de cereales. Es una flor a la que se aludía en Francia como quiebra anteojos, debido a sus aplicaciones en forma de colirio para tratar afecciones oculares, aunque actualmente se usan más sus flores en infusión como planta diurética y con otras virtudes para el aparato digestivo.

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Esta flor nos lleva a visitar otra obra, esta vez de la escuela italiana, porque el aciano también crece en uno de los jardines más exuberantes de todo el Museo del Prado. Hablamos de La Anunciación del toscano Fra Angelico, pintada en 1425. En este edén encontramos todo un acervo de especies vegetales, desde plantas herbáceas hasta arbóreas.

La Anunciación de Fra Angelico

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Aligustre o Alheña

También tenemos allí algunos arbustos, como el aligustre o alheña, con unas inflorescencias parecidas a las del lilo blanco. Destaca de manera clara en medio del jardín, justo detrás de Adán. Es una especie de la que se extraen colorantes para teñir tejidos, ya que de sus hojas se obtiene un color amarillo y de sus frutos un verde azulado.

Hierba de los pordioseros

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Un cinturón muy especial ciñe las cinturas de Eva y de Adán. Son sendas ramas de hierba de los pordioseros, una especie trepadora llamada familiarmente en la Toscana hierba de los andrajosos. Este nombre obedece a que los mendigos usaban esta planta para frotar su piel y producirse llagas, un efecto que ocasionaba debido a sus principios activos irritantes. De esta manera, movían a mayor misericordia a las personas a las que pedían una limosna.

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Parra

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También hallamos árboles frutales, como el granado, con sus flores rojas detrás de las cabezas de Eva y de Adán, o un manzano cargado de frutos amarillentos. Es este mismo manzano el que nos hace regresar a la tabla pintada por Patinir, donde otro ejemplar de este árbol está creciendo justo a la izquierda de la Virgen María. Sobre su tronco, está trepando una parra, una de las plantas más representadas en nuestro museo y de cuyos frutos extraemos el vino, un líquido que ya utilizaban los antiguos egipcios en sus rituales.

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Llegados a este punto, ya solo nos queda brindar por el Bicentenario del Museo del Prado y regresar a él para contemplar sus vergeles, en una institución rebosante de salud que amalgama y representa lo mejor de nuestra sociedad. ¡Por muchos años más!

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